No sé si os ocurre lo mismo. Cuando veo ahora una película de los años 70 siempre tengo la impresión de encontrarme ante situaciones casi contemporáneas. Todo es tan parecido, que quizá por ello resaltan más los pocos detalles de nuestra época que aún no existían en aquellos tiempos. Por ejemplo, el teléfono móvil.
¿Cómo podíamos quedar con los amigos y amigas sin tener teléfono móvil? ¿Cómo podíamos avisarles de que habíamos cambiado de idea, y que no íbamos a estar delante del Toscano a las cinco y media, sino tomándonos un café en el Montecarlo a partir de las seis? ¿Cómo averiguábamos por qué nuestro ligue se retrasaba?
Por increíble que parezca, no nos planteábamos ninguna de estas preguntas. Quedábamos y nos encontrábamos. Y como el sistema funcionaba a nuestra entera satisfacción, lo empleábamos de una manera natural, sin prestar demasiada atención, sin sospechar que la tecnología podría llegar mejorarlo.
¿Pero cómo lo hacíamos exactamente?
Creo recordar que había mucho de quedar de un día para otro. Y que había también mucho de pasar por ciertos sitios a ciertas horas, con la esperanza de que si alguien estaba libre se dejaría caer por allí.
Y el sitio perfecto para dejarse caer era la Plaza.
En los setenta, la plaza acaba de ser peatonalizada (en los años sesenta, los coches podían circular y había un aparcamiento en el centro). Con nuestra toma de posesión de la integridad de la plaza, la vieja costumbre de dar vueltas bajo los soportales, con jóvenes en un sentido y jóvenas en el otro, cruzándose dos veces en cada vuelta, estaba herida de muerte. Pero, incluso así, no era nada difícil encontrar a la gente que buscabas.
En aquella Salamanca que se había desarrollado, sobre todo, hacia el norte, en la que el sur del río estaba aún sin edificar, la Plaza ya no era un lugar central, sino que se encontraba casi casi al final de la ciudad real, de la ciudad en la que se vivía. Sin embargo, muchos seguíamos pasando por allí casi a diario y encontrando a amigos y amigas a los que no habíamos dado cita. Porque aún no teníamos móvil.
Siempre tenemos la esperanza de volver a aquellos lugares que nos seducen. He conocido pocas ciudades tan fascinantes como la Salamanca de los años setenta, pero sé que nunca podré volver a visitarla. Porque ya no existe. Este blog pretende evocar algunos fantasmas de aquella Salamanca entrañable que se esfumó.
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sábado, 18 de mayo de 2013
domingo, 5 de mayo de 2013
Del Calvario al Helmántico pasando por el Sebas
Hay un aspecto muy importante de la Salamanca de los años setenta que aún no había evocado. Y no lo había hecho porque existe un un magnífico blog, Desde mi grada vieja ( Ángel Martín Fuentes), donde podemos encontrar todo lo que siempre habíamos querido saber y nunca nos habíamos atrevido a preguntar (otra frase de los años setenta)... sobre la Unión Deportiva Salamanca.
Al final, me voy a meter en el terreno de Ángel y voy a hablar de la Unión. Porque sin hablar de la Unión nuestra imagen de los setenta queda incompleta.
Como en tantos otros aspectos, también en esto del fútbol el Lejano Oeste quedaba muy lejos. Y muy atrás. Durante los años sesenta, la Unión se debatía heroicamente entre Tercera y Segunda División, en lucha perenne con equipos como la Cultural Leonesa y la Ponferradina. Tenía su sede en el Calvario, que siempre lo fue más para los propios que para los ajenos. El campo del Calvario, al que nadie llamaba estadio.
Y de repente, hacia 1970 el Calvario es sustituido por el Helmántico. Un estadio nuevecito y bastante grande. Más de 20.000 espectadores en su configuración inicial, lo que, teniendo en cuenta la población de Salamanca en aquellos años, es como si en Madrid hubiera un superestadio para medio millón de personas.
Y luego llegó el ascenso a segunda. Pas mal! Y al año siguiente, a primera. Y al año siguiente, se consiguió montar un equipo bastante presentable, con restos del pasado (el capitán Huertas, con muchos partidos de Tercera en sus botas) y un par de extranjeros buenos y baratos (D'Alessandro y Rezza). Y la primera campaña fue bastante buena. Y nos consolidamos en la categoría. Y nos acostumbramos a que los grandes del fútbol español se acercaran una vez al año por los Villares de la Reina.
Pillaba un pelín lejos, sobre todo en aquella Salamanca que seguía viviendo intramuros. Así que muchos se acercaban en autobuses, como los que salían de la puerta Zamora, frente al Sebas. Sobremesa de café y copa, con el puro guardado para el estadio, donde la fiesta empezaba a las cinco de la tarde (la presión de la televisión era aún mínima).
Y el lunes, los comentarios en la peluquería. Con aquellos peluqueros que no eran estilistas, pero lo sabían todo sobre fútbol y toros. Y compartían su saber con los parroquianos. Que, estamos ya en los setenta, empezaban a escasear después de la llegada de los pelos largos en la década anterior.
Al final, me voy a meter en el terreno de Ángel y voy a hablar de la Unión. Porque sin hablar de la Unión nuestra imagen de los setenta queda incompleta.
Como en tantos otros aspectos, también en esto del fútbol el Lejano Oeste quedaba muy lejos. Y muy atrás. Durante los años sesenta, la Unión se debatía heroicamente entre Tercera y Segunda División, en lucha perenne con equipos como la Cultural Leonesa y la Ponferradina. Tenía su sede en el Calvario, que siempre lo fue más para los propios que para los ajenos. El campo del Calvario, al que nadie llamaba estadio.
Y de repente, hacia 1970 el Calvario es sustituido por el Helmántico. Un estadio nuevecito y bastante grande. Más de 20.000 espectadores en su configuración inicial, lo que, teniendo en cuenta la población de Salamanca en aquellos años, es como si en Madrid hubiera un superestadio para medio millón de personas.
Y luego llegó el ascenso a segunda. Pas mal! Y al año siguiente, a primera. Y al año siguiente, se consiguió montar un equipo bastante presentable, con restos del pasado (el capitán Huertas, con muchos partidos de Tercera en sus botas) y un par de extranjeros buenos y baratos (D'Alessandro y Rezza). Y la primera campaña fue bastante buena. Y nos consolidamos en la categoría. Y nos acostumbramos a que los grandes del fútbol español se acercaran una vez al año por los Villares de la Reina.
Pillaba un pelín lejos, sobre todo en aquella Salamanca que seguía viviendo intramuros. Así que muchos se acercaban en autobuses, como los que salían de la puerta Zamora, frente al Sebas. Sobremesa de café y copa, con el puro guardado para el estadio, donde la fiesta empezaba a las cinco de la tarde (la presión de la televisión era aún mínima).
Y el lunes, los comentarios en la peluquería. Con aquellos peluqueros que no eran estilistas, pero lo sabían todo sobre fútbol y toros. Y compartían su saber con los parroquianos. Que, estamos ya en los setenta, empezaban a escasear después de la llegada de los pelos largos en la década anterior.
jueves, 18 de abril de 2013
Televisores Telefunken: en Andrés Hernández, Zamora esquina a Brocense
Los setenta fueron también los años en que pasamos del blanco y negro al color.
La primera vez que vi una televisión en color fue durante las olimpiadas de Munich, en 1972. La tenían expuesta en Andrés Hernández (Zamora esquina a Brocense). Era, creo, una Telefunken y valía 120.000 pesetas de las de entonces (12.000 euros de los de ahora). Una pasada.
Pero la auténtica explosión del color llegaría dos años más tarde, durante el campeonato del mundo de fútbol en Alemania. Todas las tiendas de eletrodomésticos de la ciudad se llenaron de los nuevos televisores y nosotros pudimos ver, gratamente sorprendidos, los brillantes colores de los uniformes sobre el fondo del verde luminoso del terreno de juego.
A partir de entonces, cada vez hubo más televisores color en las casas y cada vez hubo más programas color en las parrillas de la mejor televisión de España (que diría "el Perich"). Durante algunos años, en los periódicos se publicaba qué programas eran en color y qué programas eran aún en blanco y negro, pero la práctica se abondonó hacia el final de la década, con la colorización total.
Una aclaración para los más jóvenes: el cine en color se había inventado muchos años antes y la mayor parte de las películas que se proyectaban en los cines eran ya en color. Lo que pasa es que a partir de los sesenta empezamos a pasar mucho más tiempo delante de la pequeña pantalla y mucho menos delante de la grande. Y durante algunos años más la pequeña pantalla siguió siendo en blanco y negro.
La primera vez que vi una televisión en color fue durante las olimpiadas de Munich, en 1972. La tenían expuesta en Andrés Hernández (Zamora esquina a Brocense). Era, creo, una Telefunken y valía 120.000 pesetas de las de entonces (12.000 euros de los de ahora). Una pasada.
Pero la auténtica explosión del color llegaría dos años más tarde, durante el campeonato del mundo de fútbol en Alemania. Todas las tiendas de eletrodomésticos de la ciudad se llenaron de los nuevos televisores y nosotros pudimos ver, gratamente sorprendidos, los brillantes colores de los uniformes sobre el fondo del verde luminoso del terreno de juego.
A partir de entonces, cada vez hubo más televisores color en las casas y cada vez hubo más programas color en las parrillas de la mejor televisión de España (que diría "el Perich"). Durante algunos años, en los periódicos se publicaba qué programas eran en color y qué programas eran aún en blanco y negro, pero la práctica se abondonó hacia el final de la década, con la colorización total.
Por entonces éramos mucho menos viajados que ahora y estábamos convencidos de que había cosas que sólo nos ocurrían a nosotros, que en el resto de Europa todo era mucho mejor. A lo hora de la verdad, parece que nuestro retraso era bastante pequeño. Vale la pena, por ejemplo, echar un vistazo a la tabla de introducción de la televisión en color que puede encontrarse en Wikipedia:
domingo, 7 de abril de 2013
Rojo y Negro, el primer pub moderno de Salamanca
Rojo y Negro lo abrieron a finales de los 70 (quizá en 1978, si la memoria no me falla). Los tiempos estaban cambiando y el Rojo, a pesar del nombre (en la novela de Stendhal, el rojo es la milicia y el negro la Iglesia, dos de los entonces llamados "poderes fácticos"), era más la avanzadilla de la nueva época que el último coletazo de la anterior.
Hasta que abrieron Rojo y Negro, los pubs eran como el de la calle que entonces se llamaba Calvo Sotelo, o alguno que había en lo que antes era la Gran Vía y ahora sigue siéndolo. Eran sitios tranquilos, con una decoración vagamente inglesa y música suave. Eran sitios donde iban nuestros hermanos mayores y pedían whisky. Todo un lujo por entonces: en los primeros setenta la botella de whisky (escocés) se vendía en el supermercado a 1000 pesetas (100 euros de los de ahora). Aunque, en realidad, en los pubs, bares y cafeterías, el whisky era a menudo segoviano (el equivalente a 30 euros la botella, que no es dinero).
Rojo y Negro era completamente distinto. Mantenía, eso sí, un cierto aire inglés (lo que entonces, cuando aún viajábamos poco, podíamos entender por aire inglés), pero todo lo demás era distinto. Enorme, en lugar de recogido. Ruidoso, en lugar de tranquilo. Lleno de jóvenes en sus primeros veintes, bebiendo cerveza en lugar de whisky.
Y fue un enorme éxito. Y nos hizo sentir que nuestra Salamanca no era ya ese Lejano Oeste, dormido y olvidado, sino parte del mundo, parte de nuestra época.
sábado, 30 de marzo de 2013
Mesón de Giuseppe, un poco más allá del Caño Mamarón
En la Salamanca de los años setenta no había chinos (y hablo de restaurantes). Ni turcos, ni griegos, ni franceses. Ni alemanes democráticos. Los restaurantes podían ser buenos y malos, caros y baratos, pero en cuanto al menú que ofrecían, la variedad era mínima: cocina castellana, como el mítico Candil, o cocina "española estándar", como casi todos los demás.
No había ningún italiano. O, mejor dicho, no hubo ningún italiano hasta bien avanzada la década, cuando abrieron el "Mesón de Giuseppe" en la Cuesta del Carmen. Era algo tan ajeno a nuestras costumbres de entonces que mi primera pizza me la tomé en barra con los amiguetes, dividida en porciones, a modo de tapa.
No habían llegado aún las grandes cadenas americanas de fast-food, pero sí que había algunos sitios (pocos) donde se podía comer hamburguesas y perritos. Yo iba al Trébol, en Cristo de los Milagros esquina a Corrales de Monroy. Entonces, cuando aún no habíamos probado "the real thing", sus hamburguesas nos parecían magníficas. Probablemente lo eran.
Y qué decir de los perritos, más baratos y, por tanto, mucho más populares. En el Trébol los hacían buenos, pero siempre tuve debilidad por un sitio que había en la Gran Vía, en la acera del cine. Los perritos los vendían por la ventana y eran de pan pan, al que se hacía el hueco para la salchicha insertándolo en un pincho caliente. Más tarde, ya en plena decadencia del perrito, en muchos sitios empezaron a ofrecerlos hechos de pan bimbo y abiertos a cuchillo. Una muestra más que la evolución de la humanidad no es siempre a mejor.
Han pasado muchos años desde entonces. Hemos cambiado. Y Salamanca ha cambiado. Ahora es más abierta, más cosmopolita, está más integrada. Ya no es el "Lejano Oeste" que era entonces. Con todo, quizá hayamos perdido algo en el camino.
No había ningún italiano. O, mejor dicho, no hubo ningún italiano hasta bien avanzada la década, cuando abrieron el "Mesón de Giuseppe" en la Cuesta del Carmen. Era algo tan ajeno a nuestras costumbres de entonces que mi primera pizza me la tomé en barra con los amiguetes, dividida en porciones, a modo de tapa.
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| Imagen de Google Street, 2009 |
No habían llegado aún las grandes cadenas americanas de fast-food, pero sí que había algunos sitios (pocos) donde se podía comer hamburguesas y perritos. Yo iba al Trébol, en Cristo de los Milagros esquina a Corrales de Monroy. Entonces, cuando aún no habíamos probado "the real thing", sus hamburguesas nos parecían magníficas. Probablemente lo eran.
Y qué decir de los perritos, más baratos y, por tanto, mucho más populares. En el Trébol los hacían buenos, pero siempre tuve debilidad por un sitio que había en la Gran Vía, en la acera del cine. Los perritos los vendían por la ventana y eran de pan pan, al que se hacía el hueco para la salchicha insertándolo en un pincho caliente. Más tarde, ya en plena decadencia del perrito, en muchos sitios empezaron a ofrecerlos hechos de pan bimbo y abiertos a cuchillo. Una muestra más que la evolución de la humanidad no es siempre a mejor.
Han pasado muchos años desde entonces. Hemos cambiado. Y Salamanca ha cambiado. Ahora es más abierta, más cosmopolita, está más integrada. Ya no es el "Lejano Oeste" que era entonces. Con todo, quizá hayamos perdido algo en el camino.
domingo, 17 de marzo de 2013
Tal como éramos
Hace ya unas semanas, cuando traje a este blog la memoria de Don Norberto Cuesta Dutari, os hablaba de que los tiempos pasados son las personas que los poblaban, más que los escenarios en que transcurrían sus vidas. De aquella Salamanca de los años 70 gran parte del escenario sigue en pie (no el Bretón, por desgracia). Han cambiado, sin embargo, sus habitantes. Sus personas, sus personajes, sus personalidades. Algunos ya no están. Otros llegaron más tarde. Y los demás, son ahora distintos. Somos distintos.
Así es como éramos hacia mediados de los 70. Así vestíamos, con aquellos pantalones de pata de elefante, aquellos jerséis ajustados y cortos, aquellas camisas de cuadros. Y así era la imagen que construíamos de nosotros, con el pelo largo y, a menudo, también con barba.
Éramos generosos, bienintencionados, románticos. Todo había sido un trágico malentendido, pero ahora teníamos la oportunidad de comenzar de nuevo y no había nada ni nadie que pudiera detenernos. Vivíamos un momento fundacional, los unos nos reencontrábamos con los otros y ya no había viejos rencores, sino una voluntad infinita de hacer las cosas bien.
Al idealismo de los 70 le sucedió el realismo de los 80, y nosotros mismos nos hicimos realistas. Más tarde vino la arrogancia de los 90 y el cinismo de los 2000. Y esto que tenemos ahora.
Quizá éramos un pelín demasiado intensos, demasiado solemnes. Tanto Bergman tenía que dejar alguna huella.
Éramos generosos, bienintencionados, románticos. Todo había sido un trágico malentendido, pero ahora teníamos la oportunidad de comenzar de nuevo y no había nada ni nadie que pudiera detenernos. Vivíamos un momento fundacional, los unos nos reencontrábamos con los otros y ya no había viejos rencores, sino una voluntad infinita de hacer las cosas bien.
Al idealismo de los 70 le sucedió el realismo de los 80, y nosotros mismos nos hicimos realistas. Más tarde vino la arrogancia de los 90 y el cinismo de los 2000. Y esto que tenemos ahora.
Quizá éramos un pelín demasiado intensos, demasiado solemnes. Tanto Bergman tenía que dejar alguna huella.
sábado, 2 de marzo de 2013
El puerto de Chus
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| http://www.elpuertodechus.com/ |
Porque éramos provincianos. Muy provincianos. Anclados en el Far West, lejos del foro, pocas cosas importantes ocurrían a nuestro alrededor. La vida real, las nuevas ideas, las nuevas modas, todo era generado fuera y su reflejo nos acababa llegando con bastante retraso. Las películas se estrenaban meses después que en Madrid, no había conciertos y no había tampoco una programación estable de teatro (en septiembre, por ferias, venían las compañías de revista y se representaba alguna comedia popular). Incluso la prensa madrileña del día no llegaba hasta las dos o tres de la tarde.
Y, de repente, surge el Puerto. Algo tan novedoso, tan distinto a todo lo que habíamos conocido, que nos dejaba con la boca abierta. Un local que era admiración de propios y extraños, que enseñábamos con orgullo a amigos y familiares de fuera cuando nos visitaban y se veían obligados a reconocer que nada parecido existía en su tierra.
No fue, en cualquier caso, el primer "pub escénico" de Salamanca (en los setenta empezamos a llamar "pubs" a locales que ya no eran "pubs" en sentido estricto). Poco antes habían abierto el Santa Bárbara, junto a la Casa de las Muertes. En cualquier caso, el Puerto, por dimensiones y por ambición, era ya algo completamente distinto. Una buena idea, bien ejecutada. Y la prueba de su éxito está en que haya sido capaz de sobrevivir sin grandes cambios durante casi cuarenta años. Un record en casi cualquier parte del mundo, pero en especial en una ciudad que se caracteriza por la renovación continua de sus espacios hosteleros.
A veces me he preguntado por las razones del enorme y permanente éxito del Puerto. Un poco es, quizá, la nostalgia del mar (vaya, vaya, aquí tampoco hay playa). Un mucho, su evocación de la Plaza. El Puerto, por su particular estructura, permitía hacer algo tan salmantino como ir allí, sentarse (por ejemplo, a la izquierda, junto a las barcas), y ver pasar la gente. Un poco lo que en Salamanca hemos hecho toda la vida.
Un buen amigo de aquellos años me decía que cuando estaba aburrido se bajaba al Puerto a tomarse una caña y ver desfilar a gran parte de nuestro pequeño mundo. Según él, nada más distraído. Entonces yo le creía y ahora sigo creyéndole.
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