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domingo, 17 de marzo de 2013

Tal como éramos

Hace ya unas semanas, cuando traje a este blog la memoria de Don Norberto Cuesta Dutari, os hablaba de que los tiempos pasados son las personas que los poblaban, más que los escenarios en que transcurrían sus vidas. De aquella Salamanca de los años 70 gran parte del escenario sigue en pie (no el Bretón, por desgracia). Han cambiado, sin embargo, sus habitantes. Sus personas, sus personajes, sus personalidades. Algunos ya no están. Otros llegaron más tarde. Y los demás, son ahora distintos. Somos distintos.


Así es como éramos hacia mediados de los 70. Así vestíamos, con aquellos pantalones de pata de elefante, aquellos jerséis ajustados y cortos, aquellas camisas de cuadros. Y así era la imagen que construíamos de nosotros, con el pelo largo y, a menudo, también con barba.

Éramos generosos, bienintencionados, románticos. Todo había sido un trágico malentendido, pero ahora teníamos la oportunidad de comenzar de nuevo y no había nada ni nadie que pudiera detenernos. Vivíamos un momento fundacional, los unos nos reencontrábamos con los otros y ya no había viejos rencores, sino una voluntad infinita de hacer las cosas bien.

Al idealismo de los 70 le sucedió el realismo de los 80, y nosotros mismos nos hicimos realistas. Más tarde vino la arrogancia de los 90 y el cinismo de los 2000. Y esto que tenemos ahora.

Quizá éramos un pelín demasiado intensos, demasiado solemnes. Tanto Bergman tenía que dejar alguna huella.

sábado, 2 de marzo de 2013

El puerto de Chus

http://www.elpuertodechus.com/
La apertura del Puerto de Chus en la segunda mitad de los 70 (¿1977, quizá?) fue uno de esos pequeños detalles gracias a los que empezamos a sentirnos menos provincianos.

Porque éramos provincianos. Muy provincianos. Anclados en el Far West, lejos del foro, pocas cosas importantes ocurrían a nuestro alrededor. La vida real, las nuevas ideas, las nuevas modas, todo era generado fuera y su reflejo nos acababa llegando con bastante retraso. Las películas se estrenaban meses después que en Madrid, no había conciertos y no había tampoco una programación estable de teatro (en septiembre, por ferias, venían las compañías de revista y se representaba alguna comedia popular). Incluso la prensa madrileña del día no llegaba hasta las dos o tres de la tarde.

Y, de repente, surge el Puerto. Algo tan novedoso, tan distinto a todo lo que habíamos conocido, que nos dejaba con la boca abierta. Un local que era admiración de propios y extraños, que enseñábamos con orgullo a amigos y familiares de fuera cuando nos visitaban y se veían obligados a reconocer que nada parecido existía en su tierra.

No fue, en cualquier caso, el primer "pub escénico" de Salamanca (en los setenta empezamos a llamar "pubs" a locales que ya no eran "pubs" en sentido estricto). Poco antes habían abierto el Santa Bárbara, junto a la Casa de las Muertes. En cualquier caso, el Puerto, por dimensiones y por ambición, era ya algo completamente distinto. Una buena idea, bien ejecutada. Y la prueba de su éxito está en que haya sido capaz de sobrevivir sin grandes cambios durante casi cuarenta años. Un record en casi cualquier parte del mundo, pero en especial en una ciudad que se caracteriza por la renovación continua de sus espacios hosteleros.

A veces me he preguntado por las razones del enorme y permanente éxito del Puerto. Un poco es, quizá, la nostalgia del mar (vaya, vaya, aquí tampoco hay playa). Un mucho, su evocación de la Plaza. El Puerto, por su particular estructura, permitía hacer algo tan salmantino como ir allí, sentarse (por ejemplo, a la izquierda, junto a las barcas), y ver pasar la gente. Un poco lo que en Salamanca hemos hecho toda la vida.

Un buen amigo de aquellos años me decía que cuando estaba aburrido se bajaba al Puerto a tomarse una caña y ver desfilar a gran parte de nuestro pequeño mundo. Según él, nada más distraído. Entonces yo le creía y ahora sigo creyéndole.

sábado, 16 de febrero de 2013

El Teatro Bretón, el Cinema Taramona y otros cines desaparecidos

Tomado del Blog de Ságabe http://www.sagabe.es

No sólo eran las discotecas. Había también otro lugar vedado a los menores de dieciocho años al que, quizá por la prohibición, nos apasionaba ir. El cine de las películas de mayores.

Había entonces en Salamanca un buen número de cines que, poco a poco, han ido desapareciendo. Había entre ellos teatros como el Liceo o el Bretón, con la clásica forma de los teatros de toda la vida. La mayoría, sin embargo, eran "cinemas" clásicos, con su patio de butacas y su anfiteatro (era algo más barato y se veía muy bien: valía la pena). El Coliseum en el pasaje Coliseum, el Salamanca en Vázquez Coronado, el España en la Plaza de España, el Gran Vía (no doy pistas). Estaba también el Taramona, en Federico Anaya, que, si no me equivoco, sólo tenía patio de butacas. Y el victoria, en la Carretera de Ledesma, del que no recuerdo nada a pesar de que estuve varias veces viendo aquellas películas mexicanas a las que íbamos los niños.


En aquella Salamanca los cines ofrecían tres sesiones, que, si la duración de la película lo permitía, eran a las 5, 7.45 y 10.45. Y, sobre todo en verano, cuando los estrenos escaseaban, presentaban programas dobles en sesión continua.

Los cines, sobre todo esos cines desaparecidos, quedan en nuestros recuerdos asociados a las buenas películas que vimos en ellos. En mi caso, el Bretón tiene un lugar privilegiado. Allí vi Primera Plana (la película que me hizo aceptar sin remordimientos que Bergman me aburría) y American Graffiti (no sabíamos entonces que George Lucas era un genio). También tengo un lugar muy especial para el Taramona, donde vi la Naranja Mecánica. Y donde vi también no pocos programas dobles, con esas magníficas películas americanas de los setenta que cuarenta años más tarde nos siguen gustando.

sábado, 2 de febrero de 2013

Lucía de Medrano y Fray Luis de León

Es viernes por la tarde (no por la noche: estamos en 1974 y a las diez hay que estar en casa) y vamos a Hindagala. Pasamos la puerta de entrada giramos a mano derecha y descendemos las escaleras que nos llevan al sótano (Tito's no, pero Hindagala estaba en un sótano). Y allí, con las cortinas que dan sobre la sala medio abiertas, oyendo ya la música a todo volumen, hay que superar un último obstáculo. Tenemos 17 años y la entrada está prohibida a los menores de 18. ¿Nos dejarán pasar? ¿Nos pedirán el DNI? ¿Colará si les decimos que se nos ha olvidado en casa?

Lo más humillante es que estamos en COU y con nosotros vienen unas chicas de nuestra clase. Como es habitual a los 17, ellas parecen mayores y a ellas sí les van a dejar entrar. ¿Puede haber algo más humillante?

Hasta entonces, hasta ese fatídico COU, el problema no se había presentado. Toda la enseñanza secundaria estaba separada por sexos. Había colegios masculinos (Maristas, Salesianos, Escolapios) y femeninos (Jesuitinas, Trinitarias, Siervas, Salesianas...). Incluso en la enseñanza pública había un Instituto masculino (Fray Luis de León) y otro femenino (Lucía de Medrano). No coincidíamos en las mismas bancas y cuando empezábamos a salir con chicas, ellas eran uno o dos años menores (nosotros éramos para ellas uno o dos años mayores).

Hasta que llegaba COU. Hasta que la camaradería empezaba a desembocar en amistad y ligue. Hasta que queríamos entrar con ellas en la discoteca y éramos humillados por la evidencia de que, a su lado, parecíamos aún unos críos.

sábado, 26 de enero de 2013

Hindagala y otras discotecas

En mi anterior post hablaba de cómo comprábamos música en la Salamanca de los setenta y recordaba las magníficas cabinas de Summa y Tris. Se me olvidó decir que uno de los atractivos de las cabinas era que allí podíamos escuchar la música en un buen equipo. Los tocadiscos que teníamos en casa no eran gran cosa y en 1973-75 aún no se habían inventado los discobares (llegarían hacia final de la década), así que las cabinas eran una de las dos alternativas que teníamos para poder apreciar toda la calidad del sonido. Las discotecas (ya no las llamábamos discothèques, que sonaba pasado de moda; aún no las llamábamos "discos", que vendría mucho después, en los ochenta) eran la otra.

Creo que la discoteca más característica de mediados de los ochenta era Hindagala. Nombre indio (se habían puesto de moda después con la mediatación trascendental de los Beatles), pero, por lo demás, un ambiente completamente neutral y moderno. Un poco al estilo que Woody Allen muestra en Sueños de Seductor, sólo que en Hindagala, en lugar de mesas y sillas, había mesas bajas y sofás.





Hindagala representaba la clase media de las discotecas salmantinas de la época, mientras que en lo que ahora llamaríamos "alto de la gama" se situaba Tito's, en la calle Íscar Peyra. Algo más cara y con una clientela de más edad que la de Hindagala, tenía una decoración muy cuidada, estilo caverna. Un estilo, por cierto, muy popular en aquellos años.

La discoteca "low cost" era Barrabás (calle Doctrinos). En 1974 la entrada para chicos costaba 30 pesetas (2,4€ de los de ahora, si ajustamos la inflación), un precio que incluso entonces resultaba muy asequible. El nombre, por supuesto, no hacía referencia a ningún tipo de adoración al diablo (nuestro virtuoso Gobernador Civil de entonces no lo hubiera tolerado), sino al grupo Barrabás, uno de los primeros productos musicales españoles que tuvo éxito mundial. Algunas de sus canciones siguen sonando.

Estaba también Sergeant Pepper's, pero el propio nombre indica que era más un reducto de otra época que un producto de los setenta. El disco de los Beatles y la estética psicodélica habían sido inmensamente populares a finales de los sesenta, pero hacia 1973-74 estaban completamente pasados de moda. Como la discoteca, pequeña y algo desvencijada.

Y esto era todo a mediados de los setenta, al menos que yo recuerde. Madonna, que llegó a ser la discoteca de referencia en la ciudad, llegó más tarde, hacia finales de la década. Recuerdo que la primera vez que estuve allí sonaba "September", de Earth, Wind and Fire, así que sería ya en 1979. El nombre de la discoteca, por supuesto, no tenía ninguna relación con la famosa cantante Madonna. Por aquel entonces, ninguno de nosotros sabía que existiera, y ella no sabía que llegaría a convertirse en una estrella mundial.




Al comienzo del post puedo haber dado la (falsa) impresión de que íbamos a la discoteca a escuchar música. Quizá en algún caso era así, no lo niego, pero la mayor parte de nosotros iba a bailar, a consolidar amistades o a abrir nuevos caminos. Y bailábamos sin ningún estilo, en sólo dos modalidades, el suelto y el agarrado, que interpretábamos según nos salía (el clip de Woody Allen es un testimonio veraz de lo que entonces era habitual). Saberse los pasos, como nuestros padres, estaba pasado de moda. Al menos hasta que en 1977 llegara "Fiebre del sábado noche".

sábado, 19 de enero de 2013

Tris y Summa, Summa y Tris

Comprar discos era entonces diferente.

Para empezar, había discos (esos objetos que ahora llamamos vinilos). Los sesenta habían sido la época de los singles, mientras que los setenta vieron el triunfo rotundo del LP. Y es que después de Sergeant Pepper's la obra conceptual, con toda una serie de canciones girando en torno a una idea directriz, había nacido. Y es que el viejo límite de los tres minutos había desaparecido y nos extasiábamos con piezas larguísimas que ya no nos atrevíamos a llamar canciones (In-A-Gadda-Da-Vida, de Iron Butterfly, popularísima a finales de los sesenta y principios de los setenta, duraba diecisiete minutos).

Comprar un LP no era tarea sencilla. Para empezar, había que oírlo. En las radios, que no eran tantas como ahora, y en la televisión sólo sonaban los grandes éxitos, así que el 90% de las canciones de un disco eran, en principio, desconocidas para el potencial comprador. Además, estaba el problema de la fragilidad del microsurco. Antes de comprar un LP, había que verificar que no estuviera rayado (era toda una inversión: 300 pesetas en 1973, lo que representa 26,55 euros de los de ahora). Así que, entre una cosa y otra, el disco había que escucharlo antes.

Y lo escuchábamos. Completo, de principio a fin. E incluso escuchábamos muchos discos que no llegábamos a comprar.

Toda tienda de discos que se preciara tenía unos cuantos tocadiscos detrás del mostrador, y quizá algunos airiculares tipo teléfono para escuchar los discos. Las mejores tenían, además, varias cabinas de audición.

Y las mejores durante los años setenta eran Summa y Tris, en la calle que ahora y antes (pero no entonces) llamamos Azafranal.



Tris, en diciembre de 2008 (Google Street)

Tris era pequeña y tenía una decoración muy típica de aquella época (transición de los sesenta a los setenta). En Google Street aún se puede ver lo que quedaba de Tris en Diciembre de 2008. Formas redondeadas, entonces tan de moda. Y un surtido que no estaba mal. Y dos magníficas cabinas dobles.


Summa era mucho menos "in". Más que una tienda de discos pura, como Tris, recordaba lo que había sido el comercio de discos de los años sesenta, cuando se vendían en una sección de las tiendas de electrónica, o de electrodomésticos. Era más grande que Tris y en estas cosas del surtido, "size does matter", así que, al final, acabó siendo mi tienda favorita, mi primera opción. En lo que respecta al sistema de funcionamiento y al equipo, era exactamente igual. Quizá tres cabinas en lugar de dos (¿alguien lo recuerda?).





Tris y Summa, Summa y Tris eran lo que ahora llamaríamos "alto de la gama", porque había también otras posibilidades para comprar discos. En los setenta, sin Corte Inglés todavía, los grandes almacenes de Salamanca eran los de Simago, a pocos metros de Tris, frente a la iglesia de San Juan de Sahagún. Allí, al fondo de la planta baja, había una sección de discos. Quizá fueran algo más baratos, pero sin cabinas la experiencia no era la misma y no sé si llegué a comprar alguna vez allí. Decididamente, comprar discos en Simago era algo completamente distinto y mucho menos apasionante.

Hacia el final de la década abrieron Flash en el Corrillo. Los discos estaban bajando de precio (en términos relativos) y mucha gente se había pasado a la cassette. Flash era bastante pequeña y creo recordar que no tenía cabinas. No fui un buen cliente suyo (hasta que me marché de Salamanca permanecí fiel a Tris y a Summa), así que para precisar este punto necesitaría un poco de ayuda externa.


sábado, 5 de enero de 2013

Don Norberto Cuesta Dutari

En mi viaje a los años setenta he escrito hasta ahora sobre lugares y sobre costumbres. Pero, en el fondo, no es eso lo que más ha cambiado en estos cuarenta años. Salamanca, a pesar de todos los cambios, sigue siendo reconocible. Y las costumbres, a fin de cuentas, no son más que variaciones temporales de una forma muy salmantina de ver la vida, una forma que tiene manifestaciones diversas en diversas épocas. Lo que más ha cambiado, creo yo, es la gente. Alguna gente que en los setenta se paseaba por las calles de Salamanca y que cuarenta años más tarde ya no lo hace. Gente que ha dejado un hueco.

Una de esas personas es Don Norberto Cuesta Dutari, o simplemente Don Norberto, como lo llamábamos sus alumnos.

La Facultad de Matemáticas había sido creada a principios de los años setenta y ocupaba parte del ala este del entonces recién estrenado edificio de Ciencias. El equipo docente estaba compuesto por una serie de jóvenes catedráticos (Pedro Luis García Pérez, Cristóbal García-Loygorri) y profesores (Jaime Muñoz Masqué, José Miguel Pacheco Castelao, por ejemplo) en torno a Juan Bautista Sancho Guimerá, que tendría entonces unos 45 años. En 1974-75 había, incluso, un par de alumnos de los cursos superiores que daban clases de prácticas (uno de ellos, Daniel Hernández Ruipérez, el actual rector). Y, además, estaba Don Norberto.

Don Norberto era diferente. Nacido en 1908, era veinte años mayor que Sancho Guimerá, treinta que García Pérez y García Loygorri, y cuarenta que Pacheco. Un hombre de otra generación, que en una Universidad ya dominada por los jerséis seguía vistiendo de traje (García Pérez era el único que usaba regularmente corbata, pero prefería conjuntos deportivos, estilo profesor británico, a los trajes clásicos de Don Norberto). Y, además, usaba pajarita, cuyo nudo hacía en ocasiones delante de nosotros, sus alumnos, mientras explicaba la lección del día.

De una manera natural, a Don Norberto se le trataba siempre de usted (desde luego, nosotros; imagino que también sus colegas). Y se le recibía en pie y en silencio. No tengo ninguna duda de que si se hubiera encontrado a alguien sentado a su llegada, habría dado media vuelta y se hubiera ido sin dar clase.

Era un hombre de otra época. En una primera aproximación, de esa época entre las dos guerras que su atuendo sugería. Una época en la que Alemania, más que Estados Unidos, era el principal centro científico (una época que rememora En busca de Klingsor, la conocida novela de Jorge Volpi, alumno, por cierto, de la Universidad de Salamanca). Una época en la que era necesario leer alemán para estar al tanto de lo que se publicaba (él lo hacía). Una época en la que parte de la mejor matemática se hacía en países próximos a Alemania, como la Polonia de sus admirados Sierpiński y Kuratowski.

Y ni siquiera estoy seguro de que Don Norberto hubiera estado a gusto viviendo eternamente en el mundo de los años treinta, porque, como ocurría en Midnight in Paris, es probable que también entonces Don Norberto se hubiera sentido un hombre “de otra época”. Porque Don Norberto, a pesar de sus pajarita, era en realidad un hombre del Renacimiento, un hombre con intereses variados, algunos de ellos muy alejados de las matemáticas.

Don Norberto presumía de que en los viejos tiempos, cuando las Facultades de Ciencias y Letras compartían el viejo caserón de Anaya, los colegas de Letras decían de él que era uno de los pocos profesores de Ciencias con los que se podía hablar. Y es que dominaba el latín. Y es que era un experto en los conceptistas del siglo XVII, en particular en su admirado Baltasar Gracián. Una obra suya, “Para un texto más correcto del Criticón”, sigue citándose en los estudios que aún hoy se publican actualmente sobre este tema.

Don Norberto fue también un heterodoxo, una de esas moscas cojoneras que siempre se las arreglan para estar en oposición a la línea mayoritaria. Y yo diría que tanto por temperamento como convicción. En lo profesional, era el último superviviente de una matemática en vías de extinción (o, al menos, de marginalización), rodeado (como en la aldea gala de Astérix) por los representantes de la nueva matemática que llegaba. En lo personal, era un rebelde ante muchos convencionalismos, incluida la ortografía de nuestra lengua (no tienen desperdicio las notas y comentarios de su obra clave, la Sinfonía del Infinito). En lo político, consiguió “no ser de aquí ni ser de allá”: fue concejal del Ayuntamiento de Salamanca durante el franquismo, pero también dejó siempre clara su profunda antipatía por los Estados Unidos, para él tan malos como la URSS (una de sus frases era que el mundo sería mejor el día en que los Estados Unidos se convirtieran en Estados Desunidos, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en la Desunión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

Don Norberto no creó escuela, probablemente porque era irrepetible. Con el tiempo, cuando los jóvenes de entonces han ido peinando canas, Don Norberto se ha convertido en uno de los símbolos de una época pasada y, para nuestras generaciones, entrañable. Uno de aquellos profesores jóvenes, el hoy catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria José Miguel Pacheco ha hecho un esfuerzo muy importante por rescatar su memoria y por presentarnos a Don Norberto como el gran matemático, como el destacadísimo intelectual que siempre fue. A pesar de que el mundo de Don Norberto se reducía a una pequeña ciudad de provincias.

Una ciudad cuyas instituciones tampoco lo han olvidado. Una pequeña calle peatonal, entre los Maristas y el Ambulatorio, lleva hoy su nombre.





Para saber más sobre Don Norberto, sugiero la lectura de algunas obras del Profesor Pacheco Castelao. Por ejemplo: