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sábado, 28 de marzo de 2026

La estación de ferrocarril, ni vieja ni nueva

 

Cuando hoy buscamos en Internet “estación nueva”, aparece la actual, la de Vialia. Y cuando buscamos “estación vieja”, surge la histórica. Hay que hilar fino para dar con la que conocimos en los años setenta: la inaugurada —según Wikipedia, que todo lo sabe— en 1973 y derribada en 1999, tras poco más de un cuarto de siglo de servicio a la comunidad.

Aquel edificio formaba parte de un conjunto de estaciones que Renfe levantó por aquellos años con la intención de modernizar su red. Modernizar, claro, dentro de los parámetros de la época, antes de la llegada de la alta velocidad. Las más emblemáticas de esa generación son Chamartín (Madrid) y Sants (Barcelona), hoy sometidas a profundas remodelaciones cuando superan ya el medio siglo. También pertenecía a ese grupo Zaragoza–El Portillo, que quedó en desuso hace más de veinte años, cuando la ciudad estrenó estación para el AVE.

El caso de Salamanca es particular: fue la que tuvo la vida más corta entre sus coetáneas. Y, a diferencia de la de Zaragoza, su jubilación anticipada no respondió a la modernización de las infraestructuras. Las líneas siguen siendo las mismas desde el cierre de la Vía de la Plata en los años ochenta. No fueron, pues, las exigencias del tráfico ferroviario las que convirtieron nuestra estación setentera en un edificio “de usar y tirar”.

Seguro que hubo razones de peso para hacer lo que se hizo. Pero uno no puede evitar preguntarse si construir para destruir es la mejor manera de administrar unos recursos públicos que siempre son escasos.

Un último apunte. El salmantino, tan atento a sus piedras seculares, suele mirar con indiferencia la arquitectura moderna y las huellas que ha ido dejando en nuestras calles. Casi nadie lloró la desaparición de aquella estación. Como me recuerda mi programa favorito de inteligencia artificial, “muchos ciudadanos sentían que el edificio de los años 70 era frío y poco estético, por lo que su desaparición no causó el trauma que habría supuesto derribar la estación decimonónica”.

viernes, 6 de marzo de 2026

La Cibeles: algo que no cambia

 



Todo ha cambiado mucho en estos cincuenta años. En general, a mejor, hay reconocerlo. Lo que no quita que para los mayores sintamos nostalgia por lo que quedó atrás, por aquella Salamanca tan entrañable y por los escasos vestigios que nos quedan de ella.

Porque queda poco. Tan poco que, cuando vemos una tienda o un bar que siguen igual que entonces, es inevitable que nos dejemos llevar por la nostalgia. En general, la "Salamanca útil", la del centro, está ahora ocupada por franquicias idénticas a las que podemos encontrar en cualquier capital, por charcuterías (para dar servicio a los muchos que nos visitan) y por bares. Bares que ya no son los de antes. O que, aunque se llamen igual (Las Torres, Novelty) han cambiado bastante, se han adaptado a los nuevos tiempos.

Hay excepciones. Entre las reliquias del pasado, una de mis favoritas es La Cibeles, en la calle del Concejo, que sigue igual  a como la recordábamos. Ya entonces, en los setenta, estaba pasada de moda (databa de principios de los años cuarenta), y ha llegado a una edad tan venerable que ser antiguo resulta estiloso. Bravo por ella.

Lo que ha cambiado menos es la multitud de salmantinos que inundan calles y bares. Antes éramos nosotros, los numerosísimos representantes de las generaciones "boomer". Ahora, seguimos siendo nosotros. Con cincuenta años más, pero dispuestos a seguir salmantineando mientras el cuerpo aguante. Entonces, nos podían ver acodados a la barra. Ahora, nos gusta más la mesa. Y, como somos tantos, la hostelería local se adapta a nosotros. 

Por muchos años...