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sábado, 2 de noviembre de 2013

Despedida y cierre

Para los que vivieron los setenta, "despedida y cierre" tiene que sonar muy familiar. Era cada noche el punto final de la programación de televisión cuando sólo teníamos dos canales y ninguno de ellos funcionaba mucho más allá de las doce. La hora de la Cenicienta, cuando los lacayos vuelven a ser ratones y el lujoso coche se convierte en calabaza.

Ha llegado también mi hora de la Cenicienta. Hace unas semanas leía una frase de una escritora veterana, con la que no puedo estar más de acuerdo: "Estoy en la fase en la que me interesa más evocar mis recuerdos de un pedazo de realidad, que esa propia realidad". Algo así me ocurre a mí. Este blog fue concebido como un intento de convocar mis recuerdos de la Salamanca de los setenta y creo que mi almacén de recuerdos está ya casi completamente vacío. Y la Salamanca de los setenta me interesa, claro, pero mucho menos que mis recuerdos de ella. Agotados los recuerdos, no tiene sentido seguir. La investigación sobre aquel periodo de la historia (de la vida, quizá mejor) de nuestra ciudad debe hacerse, debe proseguirse, pero no me siento con fuerzas para ser uno de los que contribuyan a ella.

Así que, adiós. Ha sido un placer compartir estos recuerdos con algunas personas en las que pueden haber evocado recuerdos similares. O a las que pueden haberle revelado la continuidad esencial entre la Salamanca que ellos han conocido algunos años después y la Salamanca que fue nuestra ciudad hace cuarenta años. Una Salamanca a la que quise con pasión, una Salamanca que me sigue fascinando.

sábado, 12 de octubre de 2013

El cuartel

La entonces Avenida de Federico Anaya conectaba la antigua ciudad con la nueva Salamanca del barrio Garrido. La entonces nueva Avenida de Portugal había sido la vía del tren hasta poco antes, así que todo lo que se encontraba más allá tenía un cierto aire extramuros.

Federico Anaya suponía la transición entre los dos mundos y tenía algo del uno y del otro. Tenía muchos, muchísimos edificios modernos (del moderno de los años 60 y 70) y altos (lo que llamamos alto en Salamanca). Podría haber sido una calle moderna y monótona, una especie de Avenida de Portugal Norte-Sur. Por suerte, por aquel entonces conservaba aún algunos vestigios de su ayer, de cuando aún no conectaba la Salamanca de siempre con la Salamanca del futuro. Y esos edificios le daban un aire completamente distinto al que habría podido tener.

A la entrada estaba el cinema Taramona, del que ya he hablado (con nostalgia) en un post anterior. Casi al final, a mano izquierda, estaba el cuartel. El en aquellos tiempos cuartel de caballería, que,  a juzgar por el escudo de su fachada principal, debió de haber sido cuartel de infantería en un ayer más lejano.



Tomado del Blog El mirón de la obra

En verano, cuando ya podíamos volver a casa más tarde, el cuartel era un espacio de oscuridad y de silencio en medio de una Avenida iluminada y en la que había aún bastante animación.  Claramente desplazado, un complejo construido para estar en las afueras, que, por fuerza del crecimiento de la ciudad, se había quedado en medio de un barrio bastante denso. A la entrada del cuartel, dos casitas de dos pisos. En otros tiempos vivirían allí los coroneles, o los generales, qué se yo. Tiempos como los de las películas de Sissi, con soldados de elegante uniforme paseando por el parque, donde una banda militar toca valses en el kiosco de la música. Unos tiempos que no sé si alguna vez pasaron por Salamanca.


El antiguo gobierno militar. Tomado del blog El mirón de la obra

Lo que sí recuerdo es que en aquel entonces, en los 70 del siglo XX, las dos casitas nos parecían anacrónicas. Una de ellas, la más al norte, era entonces el gobierno militar. Y la otra, la del sur, no sé lo que sería, pero parecía vacía la mayor parte del tiempo.

El cuartel hace tiempo que desapareció, sustituido por el Corte Inglés. Donde, si te interesa la época de Sissi, puedes comprarte el DVD. Y ese remanso de silencio y de sombra que interrumpía la Avenida de Federico Anaya, ya no existe.

Un vecino bloguero, Cándido García, siguió desde un edificio contiguo todo el proceso de transformación del cuartel en gran almacén, de la sombra en la luz. Sus observaciones las ha compartido con todos nosotros en su magnífico blog El mirón de la obra.

domingo, 25 de agosto de 2013

Ulpiano el casto

Los scopitones de Lelouch, de los que hablaba en el post anterior, eran una muestra del erotismo que la sociedad podía aceptar a mediados de los años sesenta. Y es en este aspecto en el que las cosas cambian mucho con el paso de década. Los límite de lo permitido se amplían mucho en los setenta y los españoles de entonces hablan con insistencia de la "ola de erotismo que nos invade".

¿Toda España sumergida por la ola? Pues sí, toda España, casi sin excepción. Aunque hubo quien intentó crear "aldeas galas", resistiendo heroicamente en el espíritu de Trento, a pesar de estar rodeadas por las más numerosas fuerzas de las nuevas costumbres. Nuestro gobernador civil de entonces, D. Ulpiano González Medina, intentó hacer de Salamanca una de esas aldeas galas.

La aldea gala de Astérix (Goscinny/Uderzo)

Y lo intentó multando a los novios que en las calles se besaran con pasión, o de alguna otra manera no se comportaran según el código de conducta que había estado en vigor durante más de treinta años. Al menos, eso es lo que decía todo el mundo. Creo, incluso, que lo publicó la Gaceta (aunque habría que ir a la hemeroteca y comprobar, que la memoria ya empieza a jugarnos malas pasadas). Por esta quijotesca actitud de embestir a los gigantes, de detener el reloj de la historia, al gobernador civil dieron en llamarle "Ulpiano el Casto".

Según podemos leer en ABC, D. Ulpiano había nacido en Gijón en 1920 y era licenciado en Derecho e Inspector Técnico de Trabajo. Fue gobernador civil de Teruel entre 1969 y 1972, y de Salamanca entre 1972 y 1975. Falleció en Madrid el 2 de febrero de 1994.

En nuestra España democratizada, descentralizada, internetizada, wasapizada, es difícil imaginar el poder que un gobernador civil tenía hasta los años ochenta. Sobre todo en una provincia perdida del lejano oeste, donde los periódicos de la capital no llegaban hasta las dos de la tarde.

sábado, 1 de junio de 2013

El scopitone del Pereira

Un gran éxito mundial de 1979, ya casi al final de nuestra década, refleja bastante bien los cambios que entonces se estaban produciendo: "el vídeo mató a la estrella de la radio". Y es verdad que nuevas tecnologías estaban cambiando nuestra forma de vivir.

Hace unas semanas comentaba que las máquinas de bolas, los flipper, habían prácticamente desaparecido a finales de los setenta, desplazados por los juegos electrónicos (marcianitos, ping-pong) y por las tragaperras. También desaparacieron los jukebox (gramolas), que no tenían sitio en los nuevos pubs (la música formaba parte del concepto, y la ponía el propio pub) y que eran cada vez menos necesarios por la aparición de las FM musicales y por la cada vez más frecuente emisión de vídeoclips en la tele.

MTV no se crearía hasta 1981, y las parabólicas empezarían a popularizarse en la segunda mitad de los 80, pero el vídeo musical moderno, el videoclip, tiene sus orígenes en los años setenta y su primer mercado en los cada vez más frecuentes programas musicales.

Un origen, que no unos antecedentes, porque en los años sesenta habíamos conocido un fenómeno parecido sobre una tecnología que no sobrevivió al cambio de década. Se llamaba scopitone y era igual que un jukebox, pero con películas en 16 milímetros (auténticos videclips), que podían visionarse al introducir la moneda. Venían de Francia, así que imagino que en gran parte la razón de su desaparición sería el triunfo mundial de las músicas anglosajonas que se produce por aquellos años.

En Salamanca tuvimos, al menos, un local con Scopitone. Era el Pereira (creo que ése era el nombre), un bar situado en la esquina de Zamora con Concejo (desapareció en los años setenta, sustituido por una sucursal bancaria, que en aquella época empezaron a proliferar). Y recuerdo muy bien una tarde (hacia 1965) que entramos allí con mis padres y estaban poniendo el clip de "Tous les garçons et les filles", de Françoise Hardy.




En total se debieron de producir en los años sesenta varios centenares de scopitones, muchos de los cuales pueden encontrarse en youtube. Claude Lelouch, el luego famoso cineasta francés, dirigió bastantes de ellos ("Tous les garçons et les filles", por ejemplo) y, tuvo una influencia importante en la definición inicial del lenguaje del videoclip (que estaría, en cualquier caso, influido también por los musicales americanos clásicos).

Los scopitones de Lelouch pretendían interesar por sí mismos, y no ser simplemente una versión ilustrada de la canción, o una imagen en movimiento del cantante. Algo que a no todo el mundo le gustaba. En esta entrevista de 1971, por ejemplo, tenemos a la Hardy criticando las puestas en escena que Lelouch elegía para sus scopitones.



sábado, 18 de mayo de 2013

Quedando en la Plaza sin móvil

No sé si os ocurre lo mismo. Cuando veo ahora una película de los años 70 siempre tengo la impresión de encontrarme ante situaciones casi contemporáneas. Todo es tan parecido, que quizá por ello resaltan más los pocos detalles de nuestra época que aún no existían en aquellos tiempos. Por ejemplo, el teléfono móvil.

¿Cómo podíamos quedar con los amigos y amigas sin tener teléfono móvil? ¿Cómo podíamos avisarles de que habíamos cambiado de idea, y que no íbamos a estar delante del Toscano a las cinco y media, sino tomándonos un café en el Montecarlo a partir de las seis? ¿Cómo averiguábamos por qué nuestro ligue se retrasaba?

Por increíble que parezca, no nos planteábamos ninguna de estas preguntas. Quedábamos y nos encontrábamos. Y como el sistema funcionaba a nuestra entera satisfacción, lo empleábamos de una manera natural, sin prestar demasiada atención, sin sospechar que la tecnología podría llegar mejorarlo.

¿Pero cómo lo hacíamos exactamente?

Creo recordar que había mucho de quedar de un día para otro. Y que había también mucho de pasar por ciertos sitios a ciertas horas, con la esperanza de que si alguien estaba libre se dejaría caer por allí.

Y el sitio perfecto para dejarse caer era la Plaza.

En los setenta, la plaza acaba de ser peatonalizada (en los años sesenta, los coches podían circular y había un aparcamiento en el centro). Con nuestra toma de posesión de la integridad de la plaza, la vieja costumbre de dar vueltas bajo los soportales, con jóvenes en un sentido y jóvenas en el otro, cruzándose dos veces en cada vuelta, estaba herida de muerte. Pero, incluso así, no era nada difícil encontrar a la gente que buscabas.

En aquella Salamanca que se había desarrollado, sobre todo, hacia el norte, en la que el sur del río estaba aún sin edificar, la Plaza ya no era un lugar central, sino que se encontraba casi casi al final de la ciudad real, de la ciudad en la que se vivía. Sin embargo, muchos seguíamos pasando por allí casi a diario y encontrando a amigos y amigas a los que no habíamos dado cita. Porque aún no teníamos móvil.

domingo, 5 de mayo de 2013

Del Calvario al Helmántico pasando por el Sebas

Hay un aspecto muy importante de la Salamanca de los años setenta que aún no había evocado. Y no lo había hecho porque existe un un magnífico blog, Desde mi grada vieja ( Ángel Martín Fuentes), donde podemos encontrar todo lo que siempre habíamos querido saber y nunca nos habíamos atrevido a preguntar (otra frase de los años setenta)... sobre la Unión Deportiva Salamanca.



Al final, me voy a meter en el terreno de Ángel y voy a hablar de la Unión. Porque sin hablar de la Unión nuestra imagen de los setenta queda incompleta.

Como en tantos otros aspectos, también en esto del fútbol el Lejano Oeste quedaba muy lejos. Y muy atrás. Durante los años sesenta, la Unión se debatía heroicamente entre Tercera y Segunda División, en lucha perenne con equipos como la Cultural Leonesa y la Ponferradina. Tenía su sede en el Calvario, que siempre lo fue más para los propios que para los ajenos. El campo del Calvario, al que nadie llamaba estadio.

Y de repente, hacia 1970 el Calvario es sustituido por el Helmántico. Un estadio nuevecito y bastante grande. Más de 20.000 espectadores en su configuración inicial, lo que, teniendo en cuenta la población de Salamanca en aquellos años, es como si en Madrid hubiera un superestadio para medio millón de personas.

Y luego llegó el ascenso a segunda. Pas mal! Y al año siguiente, a primera. Y al año siguiente, se consiguió montar un equipo bastante presentable, con restos del pasado (el capitán Huertas, con muchos partidos de Tercera en sus botas) y un par de extranjeros buenos y baratos (D'Alessandro y Rezza). Y la primera campaña fue bastante buena. Y nos consolidamos en la categoría. Y nos acostumbramos a que los grandes del fútbol español se acercaran una vez al año por los Villares de la Reina.

Pillaba un pelín lejos, sobre todo en aquella Salamanca que seguía viviendo intramuros. Así que muchos se acercaban en autobuses, como los que salían de la puerta Zamora, frente al Sebas. Sobremesa de café y copa, con el puro guardado para el estadio, donde la fiesta empezaba a las cinco de la tarde (la presión de la televisión era aún mínima).

Y el lunes, los comentarios en la peluquería. Con aquellos peluqueros que no eran estilistas, pero lo sabían todo sobre fútbol y toros. Y compartían su saber con los parroquianos. Que, estamos ya en los setenta, empezaban a escasear después de la llegada de los pelos largos en la década anterior.

jueves, 18 de abril de 2013

Televisores Telefunken: en Andrés Hernández, Zamora esquina a Brocense

Los setenta fueron también los años en que pasamos del blanco y negro al color.

Una aclaración para los más jóvenes: el cine en color se había inventado muchos años antes y la mayor parte de las películas que se proyectaban en los cines eran ya en color. Lo que pasa es que a partir de los sesenta empezamos a pasar mucho más tiempo delante de la pequeña pantalla y mucho menos delante de la grande. Y durante algunos años más la pequeña pantalla siguió siendo en blanco y negro.





La primera vez que vi una televisión en color fue durante las olimpiadas de Munich, en 1972. La tenían expuesta en Andrés Hernández (Zamora esquina a Brocense). Era, creo, una Telefunken y valía 120.000 pesetas de las de entonces (12.000 euros de los de ahora). Una pasada.

Pero la auténtica explosión del color llegaría dos años más tarde, durante el campeonato del mundo de fútbol en Alemania. Todas las tiendas de eletrodomésticos de la ciudad se llenaron de los nuevos televisores y nosotros pudimos ver, gratamente sorprendidos, los brillantes colores de los uniformes sobre el fondo del verde luminoso del terreno de juego.

A partir de entonces, cada vez hubo más televisores color en las casas y cada vez hubo más programas color en las parrillas de la mejor televisión de España (que diría "el Perich"). Durante algunos años, en los periódicos se publicaba qué programas eran en color y qué programas eran aún en blanco y negro, pero la práctica se abondonó hacia el final de la década, con la colorización total.

Por entonces éramos mucho menos viajados que ahora y estábamos convencidos de que había cosas que sólo nos ocurrían a nosotros, que en el resto de Europa todo era mucho mejor. A lo hora de la verdad, parece que nuestro retraso era bastante pequeño. Vale la pena, por ejemplo, echar un vistazo a la tabla de introducción de la televisión en color que puede encontrarse en Wikipedia: